Roberto Diago y su obra pictórica

Con 25 años el pintor cubano Roberto Diago (La Habana, Cuba 13 de agosto de 1920- Madrid, España 20 de enero de 1955) fue calificado por el crítico norteamericano James Steimberg –en un artículo en The New York Times- entonces como “el mejor pintor joven de la era actual”. Con una extensa obra en apenas 20 años de carrera artística, Diago fue un hombre de espíritu culto e inquieto en cuanto a sus valores ideoestéticos, gestor de una iconografía que, con su muerte, no se pudo resolver su misterio ni significado.

Hijo del violinista Virgilio Diago, de quien heredó un gusto musical que supo traducir y plasmar en sus creaciones; entre 1934 y 1941 estudia en la Academia de San Alejandro y simultáneamente, y de forma autodidacta, aprende de historia, arte, literatura, religiones, metafísica, ocultismo y música. En 1937 asistía, a la vez, a las aulas del Estudio Libre de Pintura y Escultura que fundara Abela. Fue de los pocos alumnos de su época con genuina creatividad renovadora y fuerte batallador contra la rigidez académica.

Participa en el XXIV Salón de Bellas Artes (1942) en el obtiene una Mención; trabaja en un taller junto a los escultores Eugenio Rodríguez, Rolando Gutiérrez y Núñez Booth –en Obrapía y San Ignacio- en hallar una forma de expresión plástica eminentemente cubana. Todos permanecen a la primera galería permanente de Cuba: Galería del Prado. En 1943 comienza sus colaboraciones como escenógrafo, en una serie de producciones para el Teatro Principal de la Comedia y luego el Ballet Nacional de Cuba en su sede del Auditorium de La Habana. Diago entonces creó una serie de bocetos para vestuario y escenografía para un Ballet imaginario creado por él mismo –obras que están atesoradas en el Museo de la Danza, en La Habana-. Diago, Dibujos y Gouaches fue su primera exposición personal, inaugurada en el Lyceum de La Habana en 1944, entonces trabajaba también como director artístico en la Revista Mensual Artes. Asume la docencia en 1945, impartiendo clases de Colorido en la Escuela de Artes Plásticas de Matanzas, mientras su obra se expone por vez primera en el Glorier Club de Nueva York.

Ilustra para las Ediciones Orígenes, textos de Cintio Vitier y Eliseo Diego, la poesía de Carilda Oliver, obra teatral de Álvaro Custodio y de Dora Alonso, los ensayos del músico e investigador Odilio Urfé, Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, y hasta diseña un monumental Templo Lucumí. Calcógrafo y xilógrafo de gran valía. Viaja en 1947 a Washington, New York, Boston y Canadá. Estudia en Haití y permanece allí por varios meses. Una obra suya, de la serie Cabezas, engrosa la Colección Latinoamericana del Museo de Arte Moderno de Nueva York. En 1950 da un giro del neosurrealismo para acercarse más al abstraccionismo. Expone en la Pan American Union, de Washington DC en 1953, con óleos, collages, cerámicas; recibió grandes elogios. Muere en 1955.


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